Había escuchado hablar de monstruos…
Esos que te lastiman, que se sienten invencibles, aquellos que son más fuertes que lo predecible.
Siempre me sentí afortunada de no ver ninguno, incluso me creí capaz de enfrentarme con alguno.
Hoy me di cuenta que son sigilosos y al mismo tiempo generan el ruido más caótico que haya experimentado; se camuflan demasiado bien, tan bien que de hecho abrazas su daño, empatizas con su caos y hasta tratas de sanarlos…
Se me acabaron las gasas, ya no hay curitas, el alcohol se perdió, las vendas no alcanzaron y mis manos se cansaron.
Sí, el monstruo ganó
Es gigante, ruidoso; golpea, grita, rasguña, insulta, patea…grita demasiado; crea ecos gigantes en cuevas diminutas.
Consume energía y a zancadas devora corazones
¿Qué necesita? ¿A quién llama?
¿Por qué si yo lo escucho no es suficiente?
Algo te duele y no lo ves, tal vez una astilla diminuta o una espada gigante desde tu cabeza hasta la punta.
Tienes que dejar de gritar, permitirte sentir para sanar, parece que no quieres saber en dónde te duele y si yo señalo te hiere.
Lo siento pero mi energía se agotó, me harté, no logro sacarte.
Es que ni siquiera recuerdas cómo entraste.
Viéndome al espejo noté algo, de mi espalda se asomaban curiosas figuras, a mis manos les faltaban uñas, mis dientes tenían punta y mis ojos crecieron un poco.
¡Vaya, también soy un monstruo!
Kateryn Hernández
Maravilloso poema en prosa, muchas gracias por compartirlo
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